How lovely is my love in her everyday dress with a little comb in her hair. No-one knew how lovely she was.
Girls of Auschwitz, girls of Dachau, did you see my love? We saw her on a long journey; she wasnt wearing her every day dress or the little comb in her hair.
How lovely is my love caressed by her mother, and her brothers kisses. Nobody knew how lovely she was.
Girls of Mauthausen girls of Belsen did you see my love?
We saw her in the frozen square with a number on her white hand with a yellow star on her heart.
How lovely is my love caressed by her mother, and her brothers kisses. Nobody knew how lovely she was.
Le Cantique des Cantiques
Qu'elle est belle, ma bien-aimée avec sa robe de tous les jours et un peigne dans les cheveux Personne ne savait qu'elle était si belle
Femmes d'Auschwitz femmes de Dachau n'avez vous pas vu ma bien-aimée ?
Nous l'avons vue dans un lointain voyage elle ne portait plus sa robe ni de peigne dans les cheveux
Qu'elle est belle, ma bien-aimée gâtée par sa mère et les baisers de son frère personne ne savait qu'elle était si belle
Femmes de Mauthausen femmes de Belsen n'avez-vous pas vu ma bien-aimée ?
Nous l'avons vue sur une place gelée avec un chiffre dans sa main blanche avec une étoile jaune sur son coeur
Qu'elle est belle, ma bien-aimée gâtée par sa mère et les baisers de son frère personne ne savait qu'elle était si belle
Cantico dei cantici
Com'è bello il mio amore nel suo vestito quotidiano e con un piccolo pettine tra i capelli. nessuno sapeva quanto è bello.
Ragazze di Auschwitz, ragazze di Dachau, avete visto il mio amore? L'abbiamo vista in un viaggio senza ritorno non aveva più il suo vestito né un pettine tra i capelli.
che bello che è il mio amore coccolato da sua madre e baciato da suo fratello. Nessuno sapeva quanto è bello.
Ragazze di Mathausen, ragazze di Belsen, avete visto il mio amore? L'abbiamo visto nella gelida piazza con un numero sul suo braccio bianco ed una croce verde sul cuore.
Che bello che è il mio amore coccolato da sua madre e baciato da suo fratello. Nessuno sapeva quanto è bello.
Old streets, which I loved and hated endlessly, let me walk under the shadows of the houses, the nights of coming back, unavoidable, and the city, dead.
My insignificant presence, I discover [it] in every corner. Let me meet you someday, lost spectre of my Desire, me too
Walking, forgotten and rebellious holding a trembling spark in my damp palms.
And I kept on walking in the night without recognizing anyone And no one, either, and no one, either, recognizing me, recognizing me.
ΔΡΟΜΟΙ ΠΑΛΙΟΙ
Δρόμοι παλιοί που αγάπησα και μίσησα ατέλειωτα κάτω απ' τους ίσκιους των σπιτιών να περπατώ νύχτες των γυρισμών αναπότρεπτες κι η πόλη νεκρή
Την ασήμαντη παρουσία μου βρίσκω σε κάθε γωνιά κάμε να σ' ανταμώσω κάποτε φάσμα χαμένο του τόπου μου κι εγώ
Ξεχασμένος κι ατίθασος να περπατώ κρατώντας μια σπίθα τρεμόσβηστη στις υγρές μου παλάμες
Και προχωρούσα μέσα στη νύχτα χωρίς να γνωρίζω κανένα κι ούτε κανένας κι ούτε κανένας με γνώριζε με γνώριζε
Manolis Anagnostakis nació en Tesalónica en 1925 y en su Universidad realizó la carrera de Medicina. Se especializó en Radiología en Viena. A fines de 1978 se instaló definitivamente en Atenas. Estuvo en la cárcel desde 1948 hasta 1951. Fue condenado a muerte por un tribunal militar en 1949 por su adscripción a EPON, pero la condena no llegó a ejecutarse. Ha publicado: "Épocas (1945), Épocas II (1948); Épocas III (1951); Continuación (1954); Poemas, 1941-1956, que incluye Paréntesis y Continuación II(1956); Continuación III (1962); El blanco (1970); Poemas, 1941-1971."
TESALÓNICA. DÍAS DE 1969 D.C.
En la calle Egipto -primera bocacalle a la derecha-, se levantan ahora el palacio del Banco de Transacciones, despachos de turismo y agencias de emigración. Los niños no pueden ya jugar por el enorme tráfico que pasa. Por otra parte, los niños crecieron y aquel tiempo pasó, como sabéis. Ahora, ya no ríen, no murmuran a escondidas, no confían en cuanto ha sobrevivido, se entiende, porque vinieron graves enfermedades desde entonces, inundaciones, naufragios, seísmos, soldados con corazas. Se recuerdan las palabras del padre: tú conocerás días mejores. Al fin, no importa si no los conocieron, y ellos mismos repiten la lección a sus hijos, esperando siempre que un día se detenga la cadena. Quizás en los hijos de sus hijos o en los hijos de los hijos de sus hijos. Por ahora, en la vieja calle que decimos, se levantan el Banco de Transacciones -yo negocio, tú negocias, él negocia-, despachos de turismo y agencias de emigración -nosotros emigramos, vosotros emigráis, ellos emigran-. "Por donde quiera que vaya, me hiere Grecia", decía el Poeta. La Grecia de hermosas islas, de hermosos despachos, de hermosas iglesias, La Grecia de los Griegos.
When some spring... When some spring smiles a new dress you are going to put on and you will come to grip my hands, my old friend. Perhaps no one anticipates your return but I can feel your heart ticking and a flower blooming out of your ripe, embittered memory
Some train, whistling at night, or some distant, unexpected ship will bring you back along our youth and our dreams. Perhaps you haven't forgotten anything, and yet coming back is always more worthwhile than any love of mine or yours, my old friend.
ΟΤΑΝ ΜΙΑΝ ΑΝΟΙΞΗ
Όταν μιαν άνοιξη χαμογελάσει θα ντυθείς μια καινούργια φορεσιά και θα 'ρθεις να σφίξεις τα χέρια μου παλιέ μου φίλε
Κι ίσως κανείς δε σε προσμένει να γυρίσεις μα εγώ νιώθω τους χτύπους της καρδιάς σου κι ένα άνθος φυτρωμένο στην ώριμη, πικραμένη σου μνήμη
Κάποιο τρένο, τη νύχτα, σφυρίζοντας, ή ένα πλοίο, μακρινό κι απροσδόκητο θα σε φέρει μαζί με τη νιότη μας και τα όνειρά μας
Κι ίσως τίποτα, αλήθεια, δεν ξέχασες μα ο γυρισμός πάντα αξίζει περισσότερο από κάθε μου αγάπη κι αγάπη σου παλιέ μου φίλε
When a spring smiles you will wear new clothes and you'll come to shake my hands my old friend
And perhaps no-one will be expecting you back but I feel the beatings of your heart and a flower grown on your aged, bitter memory
Some train, at night, whistling, or a ship, from far away and unexpected will bring you together with our youth and our dreams
And perhaps you really forgot nothing but the return is always worth more than any of my loves or yours my old friend
"De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación. En César y Cleopatra de Shaw, cuando se habla de la biblioteca de Alejandría se dice que es la memoria de la humanidad. Eso es el libro y es algo más también, la imaginación. Porque, ¿qué es nuestro pasado sino una serie de sueños? ¿Qué diferencia puede haber entre recordar sueños y recordar el pasado? Esa es la función que realiza el libro. Yo he pensado, alguna vez, escribir una historia del libro. No desde el punto de vista físico. No me interesan los libros físicamente (sobre todo los libros de los bibliófilos, que suelen ser desmesurados), sino las diversas valoraciones que el libro ha recibido. He sido anticipado por Spengler, en su Decadencia de Occidente, donde hay páginas preciosas sobre el libro. Con alguna observación personal, pienso atenerme a lo que dice Spengler. Los antiguos no profesaban nuestro culto del libro, cosa que me sorprende; veían en el libro un sucedáneo de la palabra oral. Aquella frase que se cita siempre: Scripta manent verba volat, no significa que la palabra oral sea efímera, sino que la palabra escrita es algo duradero y muerto. En cambio, la palabra oral tiene algo de alado, de liviano; alado y sagrado, como dijo Platón. Todos los grandes maestros de la humanidad han sido, curiosamente, maestros orales. Tomaremos el primer caso: Pitágoras. Sabemos que Pitágoras no escribió deliberadamente. No escribió porque no quiso atarse a una palabra escrita. Sintió, sin duda, aquello de que la letra mata y el espíritu vivifica, que vendría después en la Biblia. El debió sentir eso, no quiso atarse a una palabra escrita; por eso Aristóteles no habla nunca de Pitágoras, sino de los pitagóricos. Nos dice, por ejemplo, que los pitagóricos profesaban la creencia, el dogma, del eterno retorno, que muy tardíamente descubriría Nietzsche. Es decir, la idea del tiempo cíclico, que fue refutada por San Agustín en La ciudad de Dios. San Agustín dice con una hermosa metáfora que la cruz de Cristo nos salva del laberinto circular de los estoicos. La idea de un tiempo cíclico fue rozada también por Hume, por Blanqui... y por tantos otros. Pitágoras no escribió voluntariamente, quería que su pensamiento viviese más allá de su muerte corporal, en la mente de sus discípulos. Aquí vino aquello de (yo no sé griego, trataré de decirlo en latín) Magister dixit (el maestro lo ha dicho). Esto no significa que estuvieran atados porque el maestro lo había dicho; por el contrario, afirma la libertad de seguir pensando el pensamiento inicial del maestro. No sabemos si inició la doctrina del tiempo cíclico, pero sí sabemos que sus discípulos la profesaban. Pitágoras muere corporalmente y ellos, por una suerte de transmigración ?esto le hubiera gustado a Pitágoras? siguen pensando y repensando su pensamiento, y cuando se les reprocha el decir algo nuevo, se refugian en aquella fórmula: el maestro lo ha dicho (Magister dixit). Pero tenemos otros ejemplos. Tenemos el alto ejemplo de Platón, cuando dice que los libros son como efigies (puede haber estado pensando en esculturas o en cuadros), que uno cree que están vivas, pero si se les pregunta algo no contestan. Entonces, para corregir esa mudez de los libros, inventa el diálogo platónico. Es decir, Platón se multiplica en muchos personajes: Sócrates, Gorgias y los demás. También podemos pensar que Platón quería consolarse de la muerte de Sócrates pensando que Sócrates seguía viviendo. Frente a todo problema él se decía: ¿qué hubiera dicho Sócrates de esto? Así, de algún modo, fue la inmortalidad de Sócrates, quien no dejó nada escrito, y también un maestro oral. De Cristo sabemos que escribió una sola vez algunas palabras que la arena se encargó de borrar. No escribió otra cosa que sepamos. El Buda fue también un maestro oral; quedan sus prédicas. Luego tenemos una frase de San Anselmo: Poner un libro en manos de un ignorante es tan peligroso como poner una espada en manos de un niño. Se pensaba así de los libros. En todo Oriente existe aún el concepto de que un libro no debe revelar las cosas; un libro debe, simplemente, ayudarnos a descubrirlas. A pesar de mi ignorancia del hebreo, he estudiado algo de la Cábala y he leído las versiones inglesas y alemanas del Zohar (El libro del esplendor), El Séfer Yezira (El libro de las relaciones). Sé que esos libros no están escritos para ser entendidos, están hechos para ser interpretados, son acicates para que el lector siga el pensamiento. La antigüedad clásica no tuvo nuestro respeto del libro, aunque sabemos que Alejandro de Macedonia tenía bajo su almohada la Ilíada y la espada, esas dos armas. Había gran respeto por Homero, pero no se lo consideraba un escritor sagrado en el sentido que hoy le damos a la palabra. No se pensaba que la Ilíada y la Odisea fueran textos sagrados, eran libros respetados, pero también podían ser atacados. Platón pudo desterrar a los poetas de su República sin caer en la sospecha de herejía. De estos testimonios de los antiguos contra el libro podemos agregar uno muy curioso de Séneca. En una de sus admirables epístolas a Lucilio hay una dirigida contra un individuo muy vanidoso, de quien dice que tenía una biblioteca de cien volúmenes; y quién ?se pregunta Séneca? puede tener tiempo para leer cien volúmenes. Ahora, en cambio, se aprecian las bibliotecas numerosas. En la antigüedad hay algo que nos cuesta entender, que no se parece a nuestro culto del libro. Se ve siempre en el libro a un sucedáneo de la palabra oral, pero luego llega del Oriente un concepto nuevo, del todo extraño a la antigüedad clásica: el del libro sagrado. Vamos a tomar dos ejemplos, empezando por el más tardío: los musulmanes. Estos piensan que el Corán es anterior a la creación, anterior a la lengua árabe; es uno de los atributos de Dios, no una obra de Dios; es como su misericordia o su justicia. En el Corán se habla en forma asaz misteriosa de la madre del libro. La madre del libro es un ejemplar del Corán escrito en el cielo. Vendría a ser el arquetipo platónico del Corán, y ese mismo libro ?lo dice el Corán, ese libro está escrito en el cielo, que es atributo de Dios y anterior a la creación. Esto lo proclaman los sulems o doctores musulmanes. Luego tenemos otros ejemplos más cercanos a nosotros: la Biblia o, más concretamente, la Torá o el Pentateuco. Se considera que esos libros fueron dictados por el Espíritu Santo. Esto es un hecho curioso: la atribución de libros de diversos autores y edades a un solo espíritu; pero en la Biblia misma se dice que el Espíritu sopla donde quiere. Los hebreos tuvieron la idea de juntar diversas obras literarias de diversas épocas y de formar con ellas un solo libro, cuyo título es Torá (Biblia en griego). Todos estos libros se atribuyen a un solo autor: el Espíritu. A Bernard Shaw le preguntaron una vez si creía que el Espíritu Santo había escrito la Biblia. Y contestó: Todo libro que vale la pena de ser releído ha sido escrito por el Espíritu. Es decir, un libro tiene que ir más allá de la intención de su autor. La intención del autor es una pobre cosa humana, falible, pero en el libro tiene que haber más. El Quijote, por ejemplo, es más que una sátira de los libros de caballería. Es un texto absoluto en el cual no interviene, absolutamente para nada, el azar. Pensemos en las consecuencias de esta idea. Por ejemplo, si yo digo:
Corrientes aguas, puras, cristalinas, árboles que os estáis mirando en ellas verde prado, de fresca sombra lleno
es evidente que los tres versos constan de once sílabas. Ha sido querido por el autor, es voluntario. Pero, qué es eso comparado con una obra escrita por el Espíritu, qué es eso comparado con el concepto de la Divinidad que condesciende a la literatura y dicta un libro. En ese libro nada puede ser casual, todo tiene que estar justificado, tienen que estar justificadas las letras. Se entiende, por ejemplo, que el principio de la Biblia: Bereshit baraelohim comienza con una B porque eso corresponde a bendecir. Se trata de un libro en el que nada es casual, absolutamente nada. Eso nos lleva a la Cábala, nos lleva al estudio de las letras, a un libro sagrado dictado por la divinidad que viene a ser lo contrario de lo que los antiguos pensaban. Estos pensaban en la musa de modo bastante vago. Canta, musa, la cólera de Aquiles, dice Homero al principio de la Ilíada. Ahí, la musa corresponde a la inspiración. En cambio, si se piensa en el Espíritu, se piensa en algo más concreto y más fuerte: Dios, que condesciende a la literatura. Dios, que escribe un libro; en ese libro nada es casual: ni el número de las letras ni la cantidad de sílabas de cada versículo, ni el hecho de que podamos hacer juegos de palabras con las letras, de que podamos tomar el valor numérico de las letras. Todo ha sido ya considerado. El segundo gran concepto del libro ?repito? es que pueda ser una obra divina. Quizá esté más cerca de lo que nosotros sentimos ahora que de la idea del libro que tenían los antiguos: es decir, un mero sucedáneo de la palabra oral. Luego decae la creencia en un libro sagrado y es reemplazada por otras creencias. Por aquella, por ejemplo, de que cada país está representado por un libro. Recordemos que los musulmanes denominan a los israelitas, la gente del libro; recordemos aquella frase de Heinrich Heine sobre aquella nación cuya patria era un libro: la Biblia, los judíos. Tenemos entonces un nuevo concepto, el de que cada país tiene que ser representado por un libro; en todo caso, por un autor que puede serlo de muchos libros. Es curioso ?no creo que esto haya sido observado hasta ahora? que los países hayan elegido individuos que no se parecen demasiado a ellos. Uno piensa, por ejemplo, que Inglaterra hubiera elegido al doctor Johnson como representante; pero no, Inglaterra ha elegido a Shakespeare, y Shakespeare es ?digámoslo así? el menos inglés de los escritores ingleses. Lo típico de Inglaterra es el understatement, es el decir un poco menos de las cosas. En cambio, Shakespeare tendía a la hipérbole en la metáfora, y no nos sorprendería nada que Shakespeare hubiera sido italiano o judío, por ejemplo. Otro caso es el de Alemania; un país admirable, tan fácilmente fanático, elige precisamente a un hombre tolerante, que no es fanático, y a quien no le importa demasiado el concepto de patria; elige a Goethe. Alemania está representada por Goethe. En Francia no se ha elegido un autor, pero se tiende a Hugo. Desde luego, siento una gran admiración por Hugo, pero Hugo no es típicamente francés. Hugo es extranjero en Francia; Hugo, con esas grandes decoraciones, con esas vastas metáforas, no es típico de Francia. Otro caso aún más curioso es el de España. España podría haber sido representada por Lope, por Calderón, por Quevedo. Pues no. España está representada por Miguel de Cervantes. Cervantes es un hombre contemporáneo de la Inquisición, pero es tolerante, es un hombre que no tiene ni las virtudes ni los vicios españoles. Es como si cada país pensara que tiene que ser representado por alguien distinto, por alguien que puede ser, un poco, una suerte de remedio, una suerte de triaca, una suerte de contraveneno de sus defectos. Nosotros hubiéramos podido elegir el Facundo de Sarmiento, que es nuestro libro, pero no; nosotros, con nuestra historia militar, nuestra historia de espada, hemos elegido como libro la crónica de un desertor, hemos elegido el Martín Fierro, que si bien merece ser elegido como libro, ¿como pensar que nuestra historia está representada por un desertor de la conquista del desierto? Sin embargo, es así; como si cada país sintiera esa necesidad. Sobre el libro han escrito de un modo tan brillante tantos escritores. Yo quiero referirme a unos pocos. Primero me referiré a Montaigne, que dedica uno de sus ensayos al libro. En ese ensayo hay una frase memorable: No hago nada sin alegría. Montaigne apunta a que el concepto de lectura obligatoria es un concepto falso. Dice que si él encuentra un pasaje difícil en un libro, lo deja; porque ve en la lectura una forma de felicidad. Recuerdo que hace muchos años se realizó una encuesta sobre qué es la pintura. Le preguntaron a mi hermana Norah y contestó que la pintura es el arte de dar alegría con formas y colores. Yo diría que la literatura es también una forma de la alegría. Si leemos algo con dificultad, el autor ha fracasado. Por eso considero que un escritor como Joyce ha fracasado esencialmente, porque su obra requiere un esfuerzo. Un libro no debe requerir un esfuerzo, la felicidad no debe requerir un esfuerzo. Pienso que Montaigne tiene razón. Luego enumera los autores que le gustan. Cita a Virgilio, dice preferir las Geórgicas a la Eneida; yo prefiero la Eneida, pero eso no tiene nada que ver. Montaigne habla de los libros con pasión, pero dice que aunque los libros son una felicidad, son, sin embargo, un placer lánguido. Emerson lo contradice ?es el otro gran trabajo sobre los libros que existe?. En esa conferencia, Emerson dice que una biblioteca es una especie de gabinete mágico. En ese gabinete están encantados los mejores espíritus de la humanidad, pero esperan nuestra palabra para salir de su mudez. Tenemos que abrir el libro, entonces ellos despiertan. Dice que podemos contar con la compañía de los mejores hombres que la humanidad ha producido, pero que no los buscamos y preferimos leer comentarios, críticas y no vamos a lo que ellos dicen. Yo he sido profesor de literatura inglesa, durante veinte años, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Siempre les he dicho a mis estudiantes que tengan poca bibliografía, que no lean críticas, que lean directamente los libros; entenderán poco, quizá, pero siempre gozarán y estarán oyendo la voz de alguien. Yo diría que lo más importante de un autor es su entonación, lo más importante de un libro es la voz del autor, esa voz que llega a nosotros. Yo he dedicado una parte de mi vida a las letras, y creo que una forma de felicidad es la lectura; otra forma de felicidad menor es la creación poética, o lo que llamamos creación, que es una mezcla de olvido y recuerdo de lo que hemos leído. Emerson coincide con Montaigne en el hecho de que debemos leer únicamente lo que nos agrada, que un libro tiene que ser una forma de felicidad. Le debemos tanto a las letras. Yo he tratado más de releer que de leer, creo que releer es más importante que leer, salvo que para releer se necesita haber leído. Yo tengo ese culto del libro. Puedo decirlo de un modo que puede parecer patético y no quiero que sea patético; quiero que sea como una confidencia que les realizo a cada uno de ustedes; no a todos, pero sí a cada uno, porque todos es una abstracción y cada uno es verdadero. Yo sigo jugando a no ser ciego, yo sigo comprando libros, yo sigo llenando mi casa de libros. Los otros días me regalaron una edición del año 1966 de la Enciclopedia de Brokhause. Yo sentí la presencia de ese libro en mi casa, la sentí como una suerte de felicidad. Ahí estaban los veintitantos volúmenes con una letra gótica que no puedo leer, con los mapas y grabados que no puedo ver; y sin embargo, el libro estaba ahí. Yo sentía como una gravitación amistosa del libro. Pienso que el libro es una de las posibilidades de felicidad que tenemos los hombres. Se habla de la desaparición del libro; yo creo que es imposible. Se dirá qué diferencia puede haber entre un libro y un periódico o un disco. La diferencia es que un periódico se lee para el olvido, un disco se oye asimismo para el olvido, es algo mecánico y por lo tanto frívolo. Un libro se lee para la memoria. El concepto de un libro sagrado, del Corán o de la Biblia, o de los Vedas donde también se expresa que los Vedas crean el mundo?, puede haber pasado, pero el libro tiene todavía cierta santidad que debemos tratar de no perder. Tomar un libro y abrirlo guarda la posibilidad del hecho estético. ¿Qué son las palabras acostadas en un libro? ¿Qué son esos símbolos muertos? Nada absolutamente. ¿Qué es un libro si no lo abrimos? Es simplemente un cubo de papel y cuero, con hojas; pero si lo leemos ocurre algo raro, creo que cambia cada vez. Heráclito dijo (lo he repetido demasiadas veces) que nadie baja dos veces al mismo río. Nadie baja dos veces al mismo río porque las aguas cambian, pero lo más terrible es que nosotros somos no menos fluidos que el río. Cada vez que leemos un libro, el libro ha cambiado, la connotación de las palabras es otra. Además, los libros están cargados de pasado. He hablado en contra de la crítica y voy a desdecirme (pero qué importa desdecirme). Hamlet no es exactamente el Hamlet que Shakespeare concibió a principios del sigio XVII, Hamlet es el Hamlet de Coleridge, de Goethe y de Bradley. Hamlet ha sido renacido. Lo mismo pasa con el Quijote. Igual sucede con Lugones y Martínez Estrada, el Martín Fierro no es el mismo. Los lectores han ido enriqueciendo el libro. Si leemos un libro antiguo es como si leyéramos todo el tiempo que ha transcurrido desde el día en que fue escrito y nosotros. Por eso conviene mantener el culto del libro. El libro puede estar lleno de erratas, podemos no estar de acuerdo con las opiniones del autor, pero todavía conserva algo sagrado, algo divino, no con respeto superticioso, pero sí con el deseo de encontrar felicidad, de encontrar sabiduría. Eso es lo que quería decirles hoy."
Cuando se pregunta a un ruso, cultivado o no, cuál es el escritor más grande de su país, el más representativo, aquél en quien la historiografía y la crítica literarias, el gusto de todos o el discernimiento de unos pocos han simbolizado lo mejor de la aportación de Rusia a la cultura universal, la respuesta que se obtiene de modo invariable es Pushkin.
Я вас любил: любовь ещё, быть может В душе моей угасла не совсем; Но пусть она вас больше не тревожит; Я не хочу печалить вас ничем. Я вас любил безмолвно, безнадежно, То робостью, то ревностью томим; Я вас любил так искренно, так нежно, Как дай вам бог любимой быть другим.
Este poema dedicado a Ana Alyexyeévna Olyéna (1808-1888) es quizá el poema de amor más conocido de Pushkin, admirado por su elegante concisión. Fue musicalizado por Boris Sergeyevich Sheremetiev (1822-1906).
Yo os amé: el amor no se ha extinguido por entero en el alma todavía, mas no temáis que vuelva a importunaros ni que por causa alguna os aflija. Yo os amé sin palabras ni esperanza, presa de celos y de timidez; os amé tan sincera y tiernamente como Dios quiera os vuelvan a querer.
Traductor: Eduardo Alonso Luengo ("Antología lírica")
"Soñar con la fama, una más de las locuras humanas, nos movería a la piedad y a la compasión si pudiéramos observar este fenómeno desde las alturas, excluyéndonos a nosotros mismos del resto de los mortales. No obstante, como nadie está libre de esta predisposición a querer la fama, no nos extraña. Antiguamente alguien podía destacar, como mucho, entre sus vecinos del mismo pueblo o región. No había periódicos, ni existían la radio y la televisión para propagar las noticias sobre la superioridad de alguien. Aunque a veces la fama de los atletas, de las personas excéntricas y de las mujeres muy hermosas se extendía fuera de la provincia, como, por ejemplo, Bitowt, que se hizo famoso en toda Lituania por su glotonería y excentricidad. Un poco menos famoso fue otro noble llamado Paszkiewicz o Poszka, que escribía poemas en lituano y se enorgullecía de un roble que crecía en sus propiedades al que había puesto por nombre Baublis. De todos modos, la fama del roble sobrevivió ya que Mickiewicz lo eternizó en "Pan Tadeusz". Las canciones han servido desde siempre para inmortalizar los nombres de los elegidos, incluso de los reyes de los más pequeños e insignificantes Estados griegos como en la "Ilíada". Casi siempre se trataba de héroes que habían triunfado en la guerra, aunque gracias a Homero también nos acordamos de los nombres de Helena y Casandra.
Mucho han cambiado las cosas desde que un hombre ha pasado a ser parte de una masa de millones de personas como él, igual de anónimas. Ese mismo hombre anónimo se topa con las caras de las estrellas de cine y deportistas en los periódicos, los ve en las pantallas mientras que su propio anonimato se hace cada vez más molesto. El deseo de manifestar su existencia particular se convierte en él en una pasión y adquiere formas diferentes. "¡Éste soy yo!", grita a través de un librito de poesía de escasa tirada; o escribe una novela que piensa que lo catapultará a la fama; también se puede sospechar que algunos comportamientos excéntricos, incluidos los crímenes, tienen a menudo como motivo el deseo de llamar la atención.
Sin embargo, el juego no es tanto entre el hombre y la multitud como entre el hombre y sus círculos más cercanos, su familia, sus amigos de clase, el grupo profesional al que pertenece. Aquí recurro a mis propias experiencias, a la escuela en Vilna y a mis comienzos en la literatura. Al parecer en la escuela solía pronunciar conferencias inteligentes aunque no me acuerdo de ello, además desde muy joven me interesaba por la biología. También gané algún concurso literario, tal vez por un soneto, tampoco me acuerdo muy bien de esto. Más tarde llegó la universidad, la Sección de Escritura Creativa y el grupo Zagary en los que me esforcé por conseguir los elogios de mis compañeros, que es lo que me importaba ya que la imprenta me originaba más bien dificultades: ¡para qué necesito un gran público que no tiene ni idea de poesía!, ¡quiero la confirmación de mi aptitud por parte de aquellos que son capaces de juzgar mi trabajo! Entregué el título de expertos a unos cuantos compañeros.
El deseo de reconocimiento es tan básico que se podría investigar en sociedades diferentes, investigando las formas en las que satisfacen esta ambición: ¿con títulos, condecoraciones, concesiones de tierras, dinero? ¿Acaso los actos de valentía audaz de los soldados durante las guerras de unos contra otros no se hacen para demostrar que se es mejor o al menos no peor que el resto de los compañeros del destacamento?
Otro rasgo de la fama es su carácter ilusorio porque ¿para qué le sirve a uno un nombre conocido si aquellas personas que lo pronuncian no saben muy bien por qué es famoso? De todos modos, éste es el destino de la mayoría de los monumentos en una gran ciudad, convertidos en símbolos de los que el contenido se evaporó hace tiempo. Cuanta más gente haya, tanto más se especializará la fama, lo que quiere decir que un astrofísico se hará famoso entre los astrofísicos, un conquistador de montañas entre los alpinistas de élite, un jugador de ajedrez entre los jugadores de ajedrez. Una civilización plural favorece las divisiones en grupos, clubes, asociaciones, logias, lectores de poesía o, todavía estrechando más el círculo, entre los aficionados al haiku o al limerick, los fotógrafos o los regatistas. Con seguridad, el Premio Nobel da cierta fama, sin embargo, no se puede olvidar que las personas que saben por qué uno recibe este premio son sólo unas pocas ya que el porcentaje de los lectores de poesía es muy pequeño, quizás un poco mayor o menor dependiendo del país."